viernes, 9 de julio de 2010

De Anchorena a Grobocopatel (Segunda Parte). Por Daniel Vicente González


Ventajas comparativas estáticas y dinámicas.

También forma parte del pensamiento cepaliano la distinción entre ventajas comparativas “estáticas” y “dinámicas”. Como se sabe, ha sido Adam Smith quien primero desarrolló el concepto de que cada país debía desarrollar aquellos atributos con los que la naturaleza los había beneficiado. Plantea que, al obedecer el mandato natural, cada país lograría altos niveles de eficiencia y rentabilidad.

Este razonamiento es el que preside lo que se llamó la “división internacional del trabajo” según la cual algunos países estaban destinados a producir para siempre materias primas y otros habían sido bendecidos con un rol industrial.


Argentina se rebeló contra su destino pastoril e intentó, a partir de 1930 pero más enfáticamente desde 1943, transformarse en un país industrial. El argumento teórico de nuestro proteccionismo industrial fue la distinción entre ventajas comparativas “estáticas” y “dinámicas”. Las primeras aludían meramente a la dotación de recursos naturales (en nuestro caso, la fertilidad natural de las pampas y su cercanía al puerto). Las “dinámicas”, en cambio, son el producto de una construcción social. Inglaterra, por ejemplo, sentó su base industrial mediante doscientos años de feroz proteccionismo y luego, cuando ya no tenía rival alguno, predicó el librecambio.

Ahora bien, en cierto modo esta distinción ha perdido vigencia y debe ser reformulada. Si bien es cierto que Argentina aún conserva una ventaja natural debido a la calidad de sus tierras, el aumento de su productividad agraria actualmente no deriva tanto de su condición ubérrima sino de la incorporación de valor agregado: tecnología, maquinaria, siembra directa, investigación, gerenciamiento, fertilizantes, etc. De modo tal que actualmente nuestra ventaja comparativa para la producción agraria, difícilmente pueda ser calificada como “estática”.

Qué pasó con la oligarquía

Ya en tiempos de la década peronista que culmina en 1955 las cosas habían comenzado a modificarse. El congelamiento de los arrendamientos rurales resuelto por el gobierno de Perón operó en los hechos como una reforma agraria: creó una clase de pequeños y medianos propietarios rurales.

En el breve lapso que transcurrió entre su regreso al país en 1972 y su muerte a mediados de 1974, Perón se refirió varias veces al agro, a los productores y los cambios habidos en el sector.

En un discurso, poco después de asumir su tercera presidencia, Perón decía a los productores agropecuarios:

“Solamente las grandes zonas de reserva del mundo tienen todavía en sus manos las posibilidades de sacarle a la tierra la alimentación necesaria para este mundo superpoblado y la materia prima para este mundo superindustrializado. Nosotros constituimos una de esas grandes reservas; ellos son los ricos del pasado. Si sabemos proceder, seremos nosotros los ricos del futuro, porque tenemos lo esencial en nuestras reservas, mientras que ellos han consumido las suyas hasta agotarlas totalmente.
Frente a este cuadro, y desarrollados en lo necesario tecnológicamente, debemos dedicarnos a la gran producción de granos y de proteínas, que es de lo que más está hambriento el mundo actual”.

Y les proponía impulsar, con el apoyo del gobierno, la producción agropecuaria:

“El agro argentino está explotado en un bajo porcentaje; esos índices pueden aumentar setenta veces. Pongámonos en la empresa de realizarlo. Para eso necesitamos que se cumplan dos circunstancias. Primera, desarrollar una tecnología suficiente para sacarle a la tierra todo el producto que ella pueda dar, sin tener tierras desocupadas o cotos de caza, como todavía existen en la República Argentina. Ese es un lujo que no puede darse ya ningún país en el mundo. Segunda, utilicemos esa tierra para la producción ganadera. La República Argentina tiene 58 ó 60 millones de vacas, cuando podría tener doscientos millones; y ovejas, en la misma proporción. Pongámonos a cumplir esos programas.”

En un reportaje filmado, poco antes de eso, Perón afirmaba:

“Yo he sido, en este país, industrialista. Fui el que puse en marcha la industrialización, con la industria liviana, mediana y la tentativa de una industria pesada. Puse en marcha eso, para eso sofrené un poco la agricultura y la ganadería. Pero era un mundo distinto al que ahora tengo. Ahora tenemos que producir 200 millones de toneladas de trigo en el año. Y tenemos posibilidades. Tenemos que llegar a planteles de 150 millones de vacas y tenemos terreno para hacerlo”.

En ese momento, el periodista que lo reporteaba le dijo:

-- Usted corre el peligro de que coloquen su busto en la Sociedad Rural, General…
Y Perón le responde:
-- Es que eso no será negocio para la Sociedad Rural. Será negocio para la República Argentina.

También el político e historiador Jorge Abelardo Ramos, a comienzos de 1994, había tomado nota de los cambios ocurridos en el agro argentino. En un folleto publicado ese año, que reproducía una conferencia dictada por Ramos en Buenos Aires, el fundador de la izquierda nacional sostenía:

“Quería hacer una observación sobre la Sociedad Rural Argentina, bastión de la contrarrevolución, que está en una actitud relativamente favorable a Menem. ¿Qué ha ocurrido? Se está produciendo, desde hace años en la provincia de Buenos Aires, un fenómeno determinado por la legislación sucesoria. No hay nadie en la provincia bonaerense que tenga las características de las familias Unzué, Alzaga, Anchorena, etc. de otras épocas, terratenientes de 200.000 hectáreas o más, en las mejores tierras del mundo. Eso ya no existe. Los numerosos hijos de las familias oligárquicas, cuando el padre muere, cada hijo quiere tener su pedazo. En una época eran 40.000 hectáreas, ahora son 554. La renta agraria, que permitía tirar manteca al techo en París, desapareció. Sólo aparece la trampita de falsas mensuras para evadir impuestos. Como la ganadería extensiva está concluida, no tienen más remedio que trabajar. Desde 1880 hasta hoy, esa conjunción de climas, régimen de lluvias, composición del suelo, ese paraíso terrenal de la pampa húmeda para sus propietarios, había logrado el milagro de enriquecerlos sin trabajo ni capital. Ahora tienen que invertir energía, capital, esfuerzo, hacer agricultura, siembra directa, hasta horticultura de alta calidad, producir y fraccionar ciertos tipos de carne, hacer ‘feet lots’ y montar laboratorios. Se desarrolla plenamente el capitalismo en el campo argentino.

Más adelante, Ramos agrega:
“El mundo nuevo de los hijos y nietos de la oligarquía que se quedaron en el campo y no se fueron al área financiera de la época de Martínez de Hoz, ven la perspectiva del Mercosur como el destino de ellos. Toda la pampa húmeda, todo el mundo vitivinícola de Cuyo, salvo algunas provincias del norte como Salta, Jujuy y Tucumán, que aún tienen recelos, todo el resto de la Argentina va a entrar al MERCOSUR.

Todo esto indica que se está modificando estructuralmente el sistema de dominación de clases y Menem es el heredero de la crisis. Responde a ellas con respuestas capitalistas, en una sociedad agro-comercial-exportadora de antiguo petrificado y cuyo vientre parasitario era la ciudad de Buenos Aires.

Menem y Cavallo constituyen una tentativa de reiniciar el proceso de avance capitalista pero sin los recursos que a Perón le entregó la segunda posguerra, cuando la Argentina era acreedora de Inglaterra”.

(Jorge Abelardo Ramos. Conferencia dictada en Buenos Aires a comienzos de 1994, editada como folleto bajo el título “La crisis del capitalismo, el colapso soviético y un camino propio para América Latina”).

Propietarios y arrendatarios: los cambios ocurridos

Al congelar durante varios años los arrendamientos rurales, Perón estimuló la venda de tierras por parte de los grandes propietarios hacia sus arrendatarios. Así se configuró, al cabo de décadas, una clase media rural de pequeños y medianos propietarios.

Dice un estudioso del tema agrario argentino:

“Debido a la congelación de los cánones de arrendamiento, muchos agricultores arrendatarios se capitalizaron suficientemente como para poder convertirse en propietarios mediante la adquisición de la parcela de tierra alquilada. Este tipo de transacción se veía facilitado por el deseo de vender de muchos terratenientes que ofrecían facilidades, fundamentalmente en términos de plazos de pago. Tal voluntad se originaba en la pérdida de la libre disponibilidad de su propiedad ocasionada por la legislación sobre arrendamiento” (Guillermo Flichman. Notas sobre el desarrollo agropecuario en la región pampeana argentina o por qué Pergamino no es Iowa).

En el mismo trabajo, Flichman agrega:

“Fue la política agropecuaria peronista la que, aparentemente sin proponérselo, creó una clase de ‘farmers’ en la pampa húmeda. Pero éste fue un proceso largo y costoso. No fue un resultado planeado. En consecuencia, se hizo necesario un largo ‘período de ajuste’ para que se pudiera reencauzar la actividad agropecuaria en la nueva situación”.

En otra de sus obras (La renta del suelo y el desarrollo agrario argentino, 1977) Flichman refuerza la descripción de este fenómeno de distribución de la tierra durante los gobiernos de Perón:

“Después de muchos años de arrendamientos congelados, cuando el gobierno militar que derrocó al peronismo ‘devuelve la normalidad al campo’, ya nada podía volver a ser exactamente igual que antes. Había una fuerte porción de chacareros ricos, que de arrendatarios se convirtieron en nuevos propietarios aprovechando las facilidades que para comprar campos les dieron nuevas disposiciones legales”.

Existe un trabajo más reciente en el cual Osvaldo Barsky y Alfredo Pucciarelli señalan algunos aspectos interesantes de la evolución de las explotaciones de la Pampa Húmeda argentina. Allí los autores toman distancia de lo que denominan “la visión tradicional de la estructura social agraria de la región pampeana”.

Dicen de este enfoque:

“Aunque muchos de sus juicios carecen de una adecuada fundamentación empírica, esta imagen, fuertemente impresionista, ubicada más lejos de la verdad que de la verosimilitud, ha ejercido una gran influencia en la definición de los términos del debate académico, de la confrontación ideológico-política, y aún de la formación del sentido común de las décadas posteriores y, en algunos aspectos, de la actualidad” (Cambios en el tamaño y el régimen de tenencia de las explotaciones agropecuarias pampeanas, 1991, en El desarrollo agropecuario pampeano. Editado por el INTA).

Entre las principales conclusiones de los autores, se cuentan las siguientes:

a) “En relación a la problemática de la subdivisión de las grandes unidades territoriales, los datos disponibles muestran entre 1914 y 1969 un intenso proceso de subdivisión de las unidades territoriales, creciendo mucho el número de unidades y poco la superficie ocupada. Las unidades de más de 5.000 has. Perdieron en este período el 35% de su superficie, pasando de representar el 34% de la superficie total a ser ahora el 19%”.

b) “En cuanto al proceso de desconcentración de la propiedad territorial, los datos catastrales de la Provincia de Buenos Aires permiten apreciar que entre 1923 y 1980 las unidades de más de 2.500 has. perdieron el 67% de la superficie, dato rotundo sobre lo importante que ha sido la alteración de la propiedad de la tierra”.

Respecto del sistema de grandes propietarios, los autores señalan:

“…la importante fuente de poder económico y social de la cúspide agraria pampeana originada en un gran control territorial ha sido irreversiblemente afectada por un decisivo proceso de desconcentración, que ha generado una estructura agraria compleja y diversificada…”


Si consideramos las provincias pampeanas (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y La Pampa), los censos agropecuarios más recientes revelan una concentración en la explotación rural. En la comparación entre 2002 y 1988, surge que las explotaciones de más de 1.000 Ha. aumentaron su superficie en 3,7 millones de ha. entre un relevamiento y otro. Esa superficie, obviamente, ha sido cedida por las explotaciones menores a 1.000 has., lo cual significa un cambio en el 5,4% del total de tierras explotadas en esas provincias. Esta concentración en la superficie de las unidades productivas, sin embargo, va a tono con la dinámica de los cambios introducidos en la modalidad de explotación: revelan la búsqueda de economías de escala y también la existencia de los “pools de siembra”.

La característica de los relevamientos censales, no permiten sacar ninguna conclusión acerca de la propiedad de la tierra y sus modificaciones entre un censo y otro, pues sólo registran la superficie y cantidad de las explotaciones, sin aclarar la pertenencia de ellas.

Los cambios tecnológicos

Pero si la existencia de un sistema predominante de latifundistas ha sucumbido con el paso del tiempo debido a la aptitud reproductiva de los grandes propietarios y a las normas establecidas en el Código Civil respecto de la herencia, el impacto y la extensión de la incorporación de tecnología en las explotaciones agrarias, ha sido quizá el elemento transformador por excelencia.

La explotación ganadera extensiva era el modo predominante de producción agropecuaria hacia mediados de los años cuarenta del siglo pasado. La agricultura se concentraba en la zona pampeana, en trigo, maíz y lino, con bajos niveles de tractorización, baja difusión de agroquímicos y con cosechas realizadas con gran inclusión de mano de obra golondrina, peones que iban de campo en campo, en los meses de trilla.

De ese mundo agrario, ya no queda casi nada. Hoy el arado (primero de rejas, luego de disco) ha sido reemplazado por la maquinaria que realiza la siembra directa. Este sistema, de reciente difusión, permite el aprovechamiento de los rastrojos, de su humedad, y una mejor preservación del suelo. Argentina ha contribuido a su desarrollo y se encuentra el la cúspide mundial de su investigación e implementación.

En la década de los setenta, la incorporación de las semillas híbridas, permitió un importante aumento el los rendimientos por hectáreas de cereales y oleaginosas. Luego, ya en los años noventa, la difusión de los agroquímicos, facilitó el control de plagas, de malezas y el cuidado de los suelos a través del restablecimiento de los minerales extraídos a éstos mediante su explotación intensiva.

Las cosechadoras, por su parte, permiten realizar en pocas horas la labor que décadas atrás suponían semanas de trabajo para decenas de peones. La manipulación genética ha obtenido semillas adaptables a distintos tipos de suelos en los que antes era imposible sembrar.

Todos estos cambios tecnológicos que han sido incorporados por los productores agrarios argentinos, han logrado que las cosechas treparan de 35 a 96 millones de toneladas entre 1980 y 2008. Asimismo, los rendimientos por hectárea, para el mismo período, treparon en promedio de 3.800 kgs. por hectárea a 7.600 para el caso del maíz, de 2.000 a 3.000 para la soja, de 1.000 a 1.500 para el girasol, de 1.500 a 2.600 para el trigo y de 3.500 a 4.700 para el sorgo.

Los productores agropecuarios, lejos de aquella imagen despreocupada e indolente del latifundista insensible al nivel de precios de sus productos y mezquino al momento de invertir, han desarrollado e implementado cambios decisivos en la producción agraria nacional, posicionándose entre los más eficientes del mundo en la materia. Han hecho aquello que se espera de un empresario capitalista: arriesgar capital, invertir, tornar eficiente su producción, producir cada vez más para ganar cada vez más.

La tecnología ha cambiado el modo de producir en el agro. El arrendatario tradicional de los años cuarenta, beneficiado por las leyes de arrendamiento del peronismo, ya casi no existe. En ese tiempo, el propietario del campo arrendado era un latifundista y el arrendatario, usualmente un campesino sin tierra cuya única chance de laboreo consistía en tomar en arriendo una porción de campo ajeno.

Ahora todo eso ha cambiado. El dueño del campo arrendado es, cada vez más frecuentemente, un pequeño propietario (100, 200, 300 hectáreas pampeanas). A este propietario, por problemas de escala de producción, le resulta más conveniente arrendar su campo que explotarlo por sus propios medios. El arrendatario, ya no es un pobre campesino sin tierras sino un moderno empresario, o grupo de empresarios agrarios, propietarios o no, con alta calificación técnica (ingenieros agrónomos, especialistas, etc.) que conocen a fondo el “know how” de la producción, principalmente de soja, conocen al dedillo el paquete tecnológico que esa producción supone, y tienen el circuito productivo (siembra, fertilizantes, controles, combate de plagas, compra de agroquímicos, cosecha, comercialización) muy aceitado, con ahorros en cada etapa, lo que le permite producir con gran eficiencia técnica y aprovechar mucho mejor los campos arrendados.

El clásico arrendatario, socio de la Federación Agraria, que durante años ha luchado por lograr una Ley de Arrendamientos que lo defendiera frente a la voracidad del propietario, ya no es la figura más representativa de la situación de los arrendamientos rurales en la Argentina. La relación entre propietarios y arrendatarios ha cambiado en forma sustancial. Crecientemente son los pequeños propietarios los que arriendan en beneficio de arrendatarios que, a la vez, suelen ser también propietarios pero que, en conjunto, gestionan superficies muy superiores a las que poseen. Más aún: estos modernos empresarios rurales se muestran remisos a adquirir tierras pues consideran que esa inmovilización de capital afecta negativamente el nivel de sus negocios.

Claro que el paso de una etapa a la otra no se da sin conflictos. No todos los arrendatarios han logrado adaptarse a las nuevas circunstancias y muchos de ellos son desplazados por los nuevos arrendatarios que producen con métodos más modernos y mayor eficiencia. Esta circunstancia les permite ofrecer un mayor precio por el arrendamiento, con lo cual el antiguo arrendatario, que no pudo o no supo adaptarse a las nuevas circunstancias, se ve obligado a pagar un precio mayor por el arriendo y, en consecuencia, a obtener una utilidad menor o bien a quedar fuera del mercado. A esta situación apuntan las críticas que señalan a los nuevos productores como “simples hombres de negocio” y a los antiguos como “auténticos chacareros que aman la tierra”.

En la cúspide de este nuevo sistema productivo se encuentra la figura paradigmática de la familia Grobocopatel, empresa familiar que posee hectáreas pero que produce, en lo fundamental, en cientos de miles de tierras arrendadas a terceros, diversificando el riesgo y multiplicando sus ganancias. Estos empresarios, altamente calificados en lo técnico, han reemplazado al símbolo de la etapa anterior, los Anchorena, que junto con otras familias patricias identificaban al terrateniente ganadero, despilfarrador e improductivo de los años cuarenta.

Hoy el campo argentino es una máquina de producir con altos niveles de eficiencia logrados a lo largo de las últimas décadas. Esta es una realidad económica que ha comenzado a ser visualizada y a tener expresión política a partir del paro y las luchas de marzo de 2008.

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