domingo, 28 de noviembre de 2010

Cristina, Chaplin y los jubilados. Por Gonzalo Neidal


Si Cristina cree que ella lo inventó, está equivocada.
Ya en la película El Pibe, Charles Chaplin se las ingeniaba para lucrar con la reposición del vidrio que el pibe, su cómplice, había destrozado un rato antes.
Por eso, cuando Cristina se empeña en hacer una ceremonia embebida de protocolo y formalidad para anunciar que otra vez el gobierno aparece en defensa de “los que menos tienen”, uno no puede dejar de recordar que, durante las semanas y meses previos, la propia presidenta, con la otra mano le había quitado a los jubilados la cifra que, graciosamente, después les restituye.


Porque la inflación, pese al desdén del ministro Amado Boudou, es una de las visitas más incómodas que ha recuperado la economía argentina de los últimos años. Fingiendo desconocer la historia económica de las últimas cuatro décadas, el gobierno coquetea peligrosamente con otro mito cuarentista, el que enuncia que, después de todo, un poco de inflación resulta benéfica para la economía porque incita a la gente a gastar, beneficia a los deudores y perjudica a los acreedores. La lucha contra la inflación, se piensa, es una obsesión de los financistas, que ven perturbado el rutinario cobro de intereses y presencian cómo una parte de su capital se hace agua.
Si esto fuera lo que piensa Boudou, (ministro afecto al rock y a la guitarra, según se ha visto), no sería grave. El problema es que ésta es también la visión del gobierno. De la propia Cristina.
Y en materia de inflación, ya hemos alcanzado el podio. Estamos segundos en el mundo detrás de Venezuela. Un mérito ciertamente módico. Claro que el gobierno obtiene de ello una serie de dudosos beneficios.
En primer lugar, permite que la presidenta pueda aparecer, en cadena nacional, como una suerte de Mujer Maravilla que restituye los ingresos a los pobres, conculcados por la extrema avidez, avaricia y mezquindad de los ricos, a quienes Cristina mantiene a raya en actitud nacional y popular.
En segundo lugar, hace que el gobierno pueda recaudar por encima de los montos presupuestados y disponer libremente de ese cuantioso excedente, que es mayor mientras mayor sea la tasa de inflación.
Y también le permite a Cristina presentarse como una víctima de los grandes poderes económicos y los monopolios que son los que pueden modificar los precios conforme a sus deseos llevando a la miseria y la indigencia a centenares de miles de argentinos. ¡Menos mal que la presidenta está atenta para utilizar la cadena nacional y defender a los despojados de tan vil ataque!
Claro que con los índices de precios, que ahora el FMI nos explicará cómo debemos calcular, suben también las tensiones económicas en varios puntos neurálgicos de la economía nacional. Los exportadores industriales, por ejemplo, están al borde de sus posibilidades de exportación pues el tipo de cambio –otrora competitivo- se achica cada día amenazando sus utilidades e incluso la posibilidad misma de vender al exterior.
Pero la inflación complica también a las empresas prestadoras de servicios públicos, a los gobiernos provinciales y, sobre todo, a los trabajadores activos y pasivos, cuyos ingresos están expuestos a la merma cotidiana.
Todos lo sabemos: la inflación impregna de conflictos nuestra vida cotidiana. La llena de paros, movilizaciones, tomas de fábrica, cortes de ruta, bloqueos de fábricas y otras fricciones en la lucha por conservar el ingreso que día a día es devorado por la escalada de precios.
Hace pocos días, el titular de la UIA, Eugenio Méndez dijo que la inflación “no le quita el sueño”. Se sumó así, para sorpresa de muchos, a la visión liviana del gobierno.
Pero ya sabemos lo que sucede en estos casos: toda realidad que es ignorada prepara su venganza.

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