domingo, 30 de mayo de 2010

Fin de Fiesta. Por Jorge Raventos


Antes aún de que se apagaran los ecos de la multitudinaria conmemoración del segundo centenario de la Revolución de Mayo ya había comenzado a difundirse la idea de que el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner capitalizaría los efectos de la masiva celebración.
Lo notable no es que desde el poder se aliente esa ilusión, sino que muchos de sus adversarios compren el camelo. Es casi fatal que el poder termine engatusado por sus propios cuentos, engañado por sus propios espejismos. ¿No creían acaso los tres comandantes de la Junta que podrían capitalizar políticamente los festejos por el triunfo futbolístico en el Mundial de 1978? ¿No supuso el general Galtieri que el entusiasmo popular por la prometida recuperación de las Islas Malvinas era un homenaje a su propio perfil “majestuoso” o al conjunto de la tiranía castrense? El hecho de que este oficialismo no vista uniforme no impide que se embriague con idénticos elixires. Esa borrachera no es cuestión de sastrería.


El significado de lo que ocurrió en la masiva, abigarrada conmemoración del Bicentenario es político. Pero no faccioso. Precisamente el conflicto entre patria y facción es lo que clausura los intentos de capitalización. La sociedad, por encima y a través de sus diferencias y matices, celebró la identidad común, la tradición común, los símbolos comunes y la expectativa común de convivir en respeto y concordia. Lo hizo en la práctica: millones de personas se concentraron y desconcentraron con perfecta disciplina y sin incidentes; marcharon, se detuvieron, conversaron y observaron con las manos en las manos de sus hijos y no en palos o garrotes, a cara descubierta, sin máscaras. Llegaron y se fueron por sus propios medios. Sabían qué buscaban y qué querían. Vivaron el desfile de sus soldados y se extrañaron de que no estuviera presente quien constitucionalmente ejerce la suprema comandancia de las Fuerzas; aplaudieron con orgullo argentino el espectáculo del Teatro Colón y su restauración. Les resultaba secundario en ese instante que ese logro se le acreditara al gobierno de Mauricio Macri. Porque todo se miraba y se veía desde la óptica nacional del festejo histórico de la Argentina. El teatro, y el desfile, y los espectáculos.
El mexicano Octavio Paz ha escrito párrafos luminosos sobre el sentido de la fiesta. En la fiesta, señala el gran mexicano, “la sociedad comulga consigo misma”. (…) “el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto (…) lo importante es salir, abrirse paso, embriagarse de ruido, de gente, de color (…) todo pasa como si no fuera cierto, como en los sueños”. Para Paz, al alcanzar la representatividad e intensidad (magnificada en el caso del Bicentenario, por la enorme masividad) la fiesta se inscribe “en la órbita de lo sagrado, la fiesta es ante todo el advenimiento de lo insólito”.
Sin embargo, en la fiesta en la que Paz centra su atención, lo insólito está asociado al desorden y al desenfreno: “La fiesta es una Revuelta, en el sentido literal de la palabra. En la confusión que engendra, la sociedad se disuelve, se ahoga, en tanto que organismo regido conforme a ciertas reglas y principios. Pero se ahoga en sí misma, en su caos o libertad original”. Acá, con el Bicentenario, por el contrario, lo insólito fue el orden. La revuelta del segundo centenario fue una enorme multitud festejando sin desenfreno, cumpliendo las funciones de la fiesta, insolitamente, a la inversa del desorden de las instituciones oficiales y las organizaciones que caotizan y mezclan habitualmente “el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito.“
El significado político de la fiesta del Bicentenario reside en el mensaje que surge de su propia práctica: podemos vivir juntos sin agredirnos, robarnos ni
matarnos aunque al mismo tiempo haya algunos, en otra esfera, que se agreden, se roban e intentan dañarse. Podemos crear y construir y reconstruir y festejar esas obras, en cambio de celebrar el caos, la violencia y la destrucción.

Pero si la fiesta popular roza lo sagrado, no tiene en cambio poderes milagrosos. Por eso es lamentablemente improbable que se consume otro embeleco que nació cuando se apagaron las luces: la idea de que “la atmósfera de unidad” de la calle podría traducirse en términos inmediatos en un final de las hostilidades, contradicciones y tensiones que atraviesan la Argentina. Inflar esa quimera es garantizar una profunda decepción a corto plazo. Así como el espíritu que se manifestó en la fiesta no es capitalizable desde lo faccioso, tampoco es realizable en la lógica cotidiana de la vida política sin el trabajo previo de derrotar lo faccioso con tanta contundencia como para impedirle cualquier posibilidad práctica de conspirar contra la lógica de concordia y convivencia, de acuerdo en la diferencia, de pluralidad abierta, de honestidad y paz. Esa misión implica un esfuerzo.

Lo faccioso mantiene obstinadamente su ofensiva y se manifiesta de forma variada y en distintos campos, aunque enlazado por una lógica subterránea.
Ciertos comportamientos en la órbita de la Justicia parecerían indicar que hay magistrados que actúan con un criterio ideológico de “justicia revolucionaria” antes que con el criterio de la justicia constitucional. Esos magistrados juzgan hechos que ya han sido juzgados o califican delitos con leyes que no existían al momento de los hechos que se analizan. En una atmósfera tribunalicia en la que durante algún tiempo hubo una verdadera inflación verbal de “garantismo” jurídico, muchos ciudadanos ven pisoteadas sus garantías en la realidad sin que el garantismo patentado parezca mosquearse. La persecución de que fueron objeto los hijos adoptivos (mayores de edad) de la señora Ernestina Herrera de Noble, propietaria del diario Clarín, con una orden judicial que estipulaba que se les secuestrara en la vía pública la ropa interior que llevaban puesta sería en sí misma una insólita demostración de arbitrariedad si no estuviera además agravada por la cínica invocación de que esa agresión se realiza para defender derechos de esos mismos jóvenes. “Nos dicen que es a nosotros que quieren cuidar, que nosotros somos las víctimas, que quieren cuidar que nosotros no tengamos ninguna clase de sufrimiento –se quejó, con sensatez Felipe Noble Herrera-, y de hecho nos están exponiendo, porque nosotros nos tuvimos que sacar la ropa ante siete personas. ¿Dónde está el cuidado de la víctima, dónde están nuestros derechos?”

La atmósfera bicentenaria, la de la fiesta que ya acabó, no modificó el espíritu bélico que se observa detrás de la conducta de la jueza federal que tomó esas decisiones. Quizás aquella atmósfera consiga traducirse mejor en algunos juzgados en el momento en que el Congreso asuma la tarea pendiente de modificar el Consejo de la Magistratura.

El espíritu de la fiesta bicentenaria necesita esfuerzo para terminar reflejándose en justicia y honestidad. Algunos magistrados van desplegando ese esfuerzo: por eso se han juntado ya muchos elementos y evidencias en causas que afectan a personajes del poder: desde el asunto de los medicamento falsificados hasta los créditos fraguados de la ONCCA, los negocios raros con Venezuela o el enriquecimiento del ex secretario de Transporte.

La revelación de esta semana fue, de todos modos, la del ministro de Economía de Santa Cruz, Diego Robles, quien aseguró que esa provincia había consumido totalmente los llamados “fondos de Santa Cruz”, aquella fabulosa suma que empezó a amasarse con los más de 500 millones de dólares que Néstor Kirchner recibió de la presidencia de Carlos Menem y que luego sacó del país. Nunca hubo cuentas claras, ni información fechaciente sobre ese dinero, los destinos que siguió ni los réditos que rindió y los montos y fechas de los retiros efectuados. El jueves su supo que ya no existían más los fondos. Para sorpresa de la provincia, el país y el mundo, en pocas horas el ministro Robles se rectificó, dijo que algo quedaba: 200 millones de dólares. ¡Un olvido de 200 millones de dólares! Se ve que en la provincia de los Kirchner no se fijan en plata chica. En cualquier caso, la imprecisión de Robles (o su primitiva precisión), es una muestra de que hay muchos temas de dinero en la Argentina de hoy que requieren detalles e información.

En fin, la maravillosa fiesta del segundo centenario se acabó. Por ahora sigue una fiesta en la que sólo pocos se divierten. Será así hasta que las tareas que dejó como mandato el espíritu del Bicentenario se concreten, se encarnen, y las calles vuelvan a estar llenas de argentinos festejando la patria, la convivencia, la unión nacional, la justicia y el eclipse de los odios facciosos.

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